LATIDOS URBANOS
EL BLOG DE ADN URBANO
ATREVERNOS A HACER NUESTRA NAVIDAD
11 de Diciembre 2025
La Navidad, la gran fiesta de los cristianos, se ha transformado en un fenómeno cultural global donde lo local y lo universal conviven con naturalidad. Lo global nos ofrece un lenguaje compartido —esas imágenes, músicas y estéticas que Hollywood ha difundido con enorme éxito— mientras que lo local nos ancla al territorio, a nuestras tradiciones y a nuestra manera de celebrar. Ambas dimensiones son fundamentales para explicar su éxito, ya que lo global atrae, y lo local nos identifica.
Las marcas y el comercio comprendieron hace décadas el potencial de estas semanas y convirtieron la Navidad en su gran campaña anual. Y con el tiempo —especialmente en la última década—, las ciudades han seguido ese camino, convirtiéndola en una auténtica política pública para diferenciarse y atraer visitantes, activando la economía local y llenando el espacio público de vida.
Y funciona: las luces, los mercadillos y las actividades sacan a la calle a personas de todas las edades y condición, dinamizan el comercio y generan una energía difícil de replicar el resto del año.
Desde mi punto de vista, es una estrategia positiva y con un enorme potencial para “hacer ciudad”, pero empieza a fallar cuando los ayuntamientos se dejan llevar y recurren a una Navidad estándar, repetida año tras año sin plantearse cómo conectarla con lo local. Al final, lo global termina imponiéndose porque es lo más fácil: la iconografía universal ya viene hecha, funciona y no exige reflexión. Por eso en la mayoría de los municipios de España vemos iluminaciones y programaciones prácticamente idénticas.
Si todos hacemos lo mismo, solo destacará el más grande. Y eso nos lleva a una competición de volumen y brillo donde gana quien invierte más presupuesto y consigue más vatios, más tamaño y más intensidad. Una carrera que, llevada al extremo, desemboca en el exceso, la hipérbole y la caricatura. El máximo exponente de esta problemática es el alcalde de Vigo, que ha convertido su despliegue navideño en una performance tan desmesurada como mundialmente reconocible (o eso dice).
En este contexto donde el tamaño lo es todo, las ciudades pequeñas y medianas no tienen posibilidad real de competir. Pero eso no significa que no puedan diferenciarse. Basta con dejar de replicar lo que hacen los demás y apostar por una programación con criterio propio y un poco de creatividad. Porque para destacar no hace falta gastar más, sino pensar mejor.
Por eso propongo tres reflexiones a nuestros alcaldes y alcaldesas, para invitarles a salir de los lugares comunes y atreverse a hacer unas Navidades con estilo propio.
La primera tiene que ver con la identidad. En plena saturación de iconos navideños importados, es un momento ideal para reivindicar lo nuestro: símbolos locales, tradiciones propias y lenguajes visuales que realmente nos representen. Resulta casi cómico ver cómo muchos ayuntamientos lanzan sus campañas navideñas con escenas nevadas y personajes con gorro y bufanda, cuando en sus municipios la Navidad se vive en las terrazas, bajo el sol del mediodía y con un jersey ligero.
Necesitamos reivindicar nuestro estilo. Presumir de nuestras tradiciones, de nuestros dulces, villancicos y belenes, pero también buscar cómo actualizarlas, crear nuevos símbolos y traducir nuestra identidad a lenguajes más actuales sin perder su esencia. Reivindiquemos nuestra cultura y una forma de celebrar profundamente mediterránea. A veces, la innovación empieza por mirarnos mejor y valorar aquello que nos hace únicos.
La segunda reflexión es territorial. La iluminación y las actividades tienen un enorme poder para movilizar personas y activar espacios. ¿Por qué no aprovecharlo para expandir la ciudad? ¿Por qué no iluminar plazas periféricas, llevar actividades a barrios que rara vez participan de la vida urbana o transformar rincones olvidados en destinos navideños? Las mismas luces, situadas en otro lugar, pueden ser una gran novedad, al tiempo que una forma de democratizar la Navidad.
La tercera es social. La mayor parte de las programaciones están hechas para mirar: paseamos, fotografiamos, consumimos… pero participamos poco. Se puede innovar en la programación planteando actividades que estimulen la relación y la interacción: intervenciones colectivas, juegos urbanos, instalaciones que se completen con aportaciones vecinales o propuestas culturales colaborativas. Pasar de una Navidad “para ver” a una “para vivir” puede transformar el espacio público en un lugar real de encuentro.
Y por último, planteo una propuesta para quien la quiera impulsar. Si partimos de la base de que las luces en las calles son un gran agente dinamizador para nuestros pueblos y ciudades, ¿por qué no sacar las luces del mes de diciembre? ¿Por qué no desarrollar un festival de luz en octubre, por ejemplo, coincidiendo con el cambio de hora, cuando las noches empiezan a ser más largas?
Ser la única ciudad iluminada mientras las demás permanecen a oscuras es una forma sencilla de construir singularidad. Además, hacerlo fuera del periodo navideño nos libera de sus códigos y nos abre la puerta a utilizar lenguajes más contemporáneos y flexibles.
Y, mientras tanto, la Navidad sigue siendo una gran oportunidad para hacerlo bien. Una programación más propia y auténtica no solo mejora la experiencia en nuestro pueblo, sino que resulta más atractiva para los visitantes, fortalece el sentido de pertenencia y es percibida con mayor aprecio por los vecinos, reforzando el prestigio del gobierno municipal. También desde la Navidad se puede hacer política local de la buena.
Autor:

Gerardo Sánchez Romero