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LORCA NO ESTÁ TAN MAL

LA COMPLEJIDAD DE LAS REALIDADES URBANAS REQUIERE ANÁLISIS MÁS ABIERTOS QUE RECONOZCAN MÚLTIPLES FORMAS DE HACER CIUDAD

Estos días hemos visto cómo el Índice de Diseño Urbano Saludable (IDUS), publicado por el Instituto de Salud Global de Barcelona, colocaba a Lorca, Cartagena y Murcia en los últimos puestos de Europa. La noticia ha generado titulares rotundos, cuestionando la calidad de vida en nuestras ciudades. Pero antes de asumir este veredicto, conviene detenerse a reflexionar sobre los marcos teóricos y los datos que sustentan este estudio.

El IDUS se fundamenta en indicadores cuantificables como densidad urbana, transporte o calidad ambiental, que pueden constituir una base científica sólida para evaluar entornos urbanos. Sin embargo, su aplicación homogénea a contextos territoriales profundamente dispares puede introducir sesgos. Y el principal es el de mezclar realidades urbanas con contextos rurales.

La gran extensión de los municipos de la Región hace que tengan territorios complejos, donde coexiste un núcleo urbano principal con un conjunto de pedanías rurales dispersas. Al incluir estas pedanías en el estudio, aunque solo sea el espacio urbanizado de las mismas, encontramos que se analiza bajo los mismos parámetros la pedanía de Zarzadilla de Totana (Lorca) -con 439 habitantes en 77 kms cuadrados- y el distrito madrileño de Chamberí -con 140.000 habitantes en 4,7 kms cuadrados- valorando por tanto la calidad de las zonas rurales con criterios de ciudad.

El arquitecto urbanista Rem Koolhaas lo advierte en su obra Countryside, A Report: la ciudad no puede ser el único marco de referencia. Imponer lógicas urbanas al campo —densidad, hiperconectividad, productividad constante—resulta inapropiado y epistemológicamente erróneo. Las formas de vida rurales no deben concebirse como versiones incompletas de lo urbano, sino como realidades con ritmos, escalas y significados propios.

Lorca es un caso representativo. Se trata del segundo municipio más extenso de España, con 1.675 kms cuadrados, contando con un núcleo urbano y 39 pedanías de carácter principalmente rural. Al mezclarse los datos del núcleo urbano y las pedanías se produce una distorsión en los indicadores del estudio, especialmente los relacionados con el diseño urbano.

Junto a este problema encontramos otros. Así, el estudio establece como óptima una altura edificatoria de 4 a 5 plantas, un criterio que puede resultar válido en contextos metropolitanos o en áreas de expansión planificadas. Sin embargo, aplicar este mismo parámetro a realidades históricas como el casco urbano de Lorca -que presenta una gran calidad urbana con una trama densa, usos mixtos y alturas controladas-, implica asumir que aquellas configuraciones que no se ajustan a ese patrón ideal presentan un déficit urbano. Al contrario, esta morfología responde a una lógica espacial coherente con su identidad tradicional, su escala intermedia y su carácter patrimonial.

En el caso de Lorca hay también un claro error material que lastra su puntuación, y es que el estudio le asigna un cero en «compacidad urbana», algo que no tiene sentido técnicamente, ya que la compacidad puede ser alta o baja, pero nunca nula.

Cartagena sufre el mismo sesgo que Lorca: un municipio extenso, con contrastes entre la ciudad portuaria y zonas rurales dispersas. Y el caso de Murcia también pone de manifiesto otras limitaciones del estudio al considerar como área urbana toda la huerta de Murcia, desde La Contraparada hasta El Raal, sin ceñirse exclusivamente a los núcleos urbanos consolidados de las pedanías.

Al incorporar la totalidad de este territorio, caracterizado por la dispersión y la baja densidad, resulta comprensible que no se cumplan ciertos criterios, como el de disponer de una parada de transporte público a menos de 300 metros de cada vivienda, lo que repercute negativamente en su puntuación.

Más allá de la cuestionable dispersión de viviendas por la huerta, el modelo de Murcia es un ejemplo de urbanismo, pues se trata de un municipio multicéntrico, con núcleos urbanos densos y compactos, conectados entre sí, con identidad propia y servicios públicos.

En la Región queda mucho que mejorar, pero también vemos importantes esfuerzos en estos municipios por adaptar su urbanismo. Lorca ha vivido un proceso de reconstrucción ejemplar tras el terremoto de 2011: peatonalizaciones, recuperación de espacios verdes, modernización del centro histórico. Cartagena avanza con su Plan de Acción Integrado para revitalizar sus barrios. Y Murcia, por su parte, ha triplicado su presupuesto de transporte público, ha impulsado el proyecto Murcia Río y está transformando la relación de la ciudad con el Segura.

Las ciudades de la Región de Murcia son mediterráneas, diversas y multicapa. Son ciudades donde se vive en la calle, donde la cultura, el comercio de proximidad, los parques, las plazas y las terrazas forman parte del día a día. Nuestra relación con el espacio público no es solo funcional: es emocional, cultural y climática.

Por eso, necesitamos indicadores que comprendan estas realidades, que no impongan un modelo sino que reconozcan múltiples formas de hacer ciudad. Está bien este tipo de estudios para ayudar a inspirar políticas públicas, pero sin caer en el error de, como decía Aristóteles, tratar igual lo desigual.

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