LATIDOS URBANOS
EL BLOG DE ADN URBANO
BARRIO DE RICOS, BARRIO DE POBRES
LAS URBANIZACIONES MÁS EXCLUSIVAS DE ESPAÑA NO DESTACAN POR SUS ACERAS NUEVAS NI POR SU MOBILIARIO URBANO, SINO POR SU VEGETACIÓN. CUANTO MÁS LUJO, MÁS VERDE.
El mes de agosto en la Región de Murcia es sinónimo de playas llenas y ciudades vacías. Las persianas bajadas, las calles en silencio, las plazas sin niños. Se han ido quienes pueden salir de vacaciones; quienes quedan, conviven con un escenario que puede parecer una prueba de resistencia.
Los columpios están demasiado calientes para usarse, los bancos al sol queman, el asfalto irradia un calor que distorsiona el aire a lo lejos, como si todo fuera a derretirse. Las aceras se vacían y el silencio que deja el verano urbano se parece más a la soledad que al descanso.
En ocasiones se ve algún turista despistado que, atraído por el encanto del interior, se aventura a alejarse de la playa. Se le ve caminando bajo un sol de justicia, con la cara roja y congestionada, mirando con asombro un paisaje urbano que parece gritarle: “¿qué haces aquí?”. No hay sombra, no hay tregua. La ciudad, lejos de acoger, expulsa, obligándole a refugiarse en el aire acondicionado de algún bar o de algún comercio, privatizando el bienestar.
Esta expulsión de la ciudadanía del espacio público es un síntoma con más significado del que parece. Porque el espacio público es lo que define a una ciudad. Si la vida de sus calles es el termómetro que marca su vitalidad, unas calles vacías son el síntoma de una ciudad muerta. Y si esto ocurre cada vez más semanas al año, el mensaje es claro: algo no está funcionando.
Es precisamente en estos meses de calor extremo cuando la ausencia de vegetación y agua en nuestras ciudades se vuelve más evidente. Falta sombra. Falta humedad. Falta vida. Durante décadas, nuestros pueblos y ciudades se han construido bajo una lógica funcional de cemento y eficiencia, olvidando algo tan simple como necesario: que las personas necesitamos frescor, belleza, naturaleza. Que no vivimos solo de movilidad y servicios, sino también de sombra y empatía.
La vegetación y el agua no son lujos decorativos. Son elementos clave para mejorar el espacio urbano, y también para cambiar nuestra percepción sobre él. Porque no hay mayor sensación de calidad que la que genera una calle con árboles, arbustos y una fuente. Porque el verde transmite confort, salud, cuidado.
Y esto no es una cuestión abstracta. Basta mirar las urbanizaciones más exclusivas de España: no destacan por sus aceras ni por su mobiliario urbano, sino por su vegetación. Cuanto más lujo, más verde. Árboles altos y medianos, arbustos bien cuidados, diversidad de especies vegetales, césped fresco, fuentes y láminas de agua. Y al contrario, cuanto más vulnerable el barrio, más cemento, más asfalto, menos árboles. Una ciudad desigual también se mide por su temperatura.
Recuerdo, cuando trabajaba en el Ayuntamiento de Murcia, una conversación con un arquitecto que había trabajado para una gran promotora de urbanizaciones. Me dijo algo que se me quedó grabado: “Lo primero que hacíamos, justo al obtener la licencia, era plantar árboles, arbustos, poner césped o construir un lago. Aunque supiéramos que pasarían cinco años hasta construir la primera casa.” Y tenía todo el sentido: cuando el entorno ya había crecido y madurado, cuando los árboles eran frondosos y los jardines estaban cuidados, las casas se vendían solas. El comprador ya había decidido. No por la casa, sino por el lugar.
Por eso resulta llamativo ver cómo en muchos ayuntamientos se sigue pensando que las grandes intervenciones urbanas pasan por poner adoquines, asfaltar o renovar aceras. No hay política más cara ni con menor impacto transformador que “mover piedras”.
Para hacernos una idea, con un presupuesto de 200.000 euros podríamos renovar las aceras y asfalto de una calle no muy larga; pero con esa misma cantidad se puede renaturalizar un barrio entero, plantando decenas de árboles y arbustos, instalando riego por goteo y creando zonas verdes. Solo abriendo alcorques, actuando con precisión y estrategia. Con poco, se puede transformar mucho.
Por eso, la mejor política urbana que puede emprender un alcalde o un concejal no está en el hormigón ni en el asfalto. Está en la vegetación. Porque transforma la experiencia cotidiana de quienes viven allí. Es más económica, más rápida, y con un impacto emocional y visual infinitamente mayor.
Quedan menos de dos años de legislatura. Si queremos convencer, si queremos transformar, si queremos dejar huella, esta es una de las decisiones más efectivas que podemos tomar. Porque no se trata solo de embellecer la ciudad, sino de hacerla más vivible, más amable, más digna.
Así que, ya sabes. Cuando vuelvas a casa, fíjate en tu calle y en tu barrio. Observa cuántos árboles hay. Cuántos arbustos. Qué sombra proyectan. Qué vegetación te acompaña en el camino y si hay algún sitio en el que te pararías a descansar. Muchas veces, la respuesta es tan sorprendente como reveladora. ¿Vives en un barrio de ricos o un barrio de pobres?
No quiero deprimirte. ¡Feliz verano!